Theotokos y la Cristologia
Cristo, Theotokos y la unión hipostática
¿Por qué se me concede esto a mí, que la madre de mi Señor venga a mí? Lucas 1:43
καὶ πόθεν μοι τοῦτο ἵνα ἔλθῃ ἡ μήτηρ τοῦ κυρίου μου πρὸς μέ ΚΑΤΑ ΛΟΥΚΑΝ 1:43
En el siglo V, la Iglesia se vio obligada a defender con especial claridad la doctrina bíblica acerca de la persona de Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre. En este contexto surgió la controversia asociada con Nestorio, quien fue condenado en el Concilio de Éfeso (431) por una cristología que, en la práctica, comprometía la unidad personal de Cristo y hacía problemática la confesión de María como Theotokos —θεοτόκος, «la que da a luz a Dios» o, en el lenguaje tradicional, «Madre de Dios»—.
La cuestión no consistía en afirmar que María fuera origen de la divinidad del Hijo, ni que hubiese dado existencia al Dios eterno. Eso sería absurdo y blasfemo. El Hijo es eternamente Dios, engendrado del Padre antes de todos los siglos. María es criatura y, por tanto, no es madre de la naturaleza divina. Sin embargo, aquel que nació de María según su humanidad no era una persona humana distinta del Hijo eterno, sino el mismo Hijo de Dios encarnado.
Por eso, la confesión de Theotokos protege una verdad profundamente cristológica: el que nació de María es verdaderamente Dios el Hijo hecho hombre.
En estos postreros días, para nosotros, y por nuestra salvación, nacido de la virgen María, la Theotokos (la madre de Dios o la madre de Señor) de acuerdo a la Humanidad; uno y el mismo, Cristo, Hijo, Señor, Unigénito, para ser reconocido en dos naturalezas, inconfundibles, incambiables, indivisibles, inseparables; por ningún medio de distinción de naturalezas desaparece por la unión, más bien es preservada la propiedad de cada naturaleza y concurrentes en una Persona y una Sustancia, no partida ni dividida en dos personas, sino uno y el mismo Hijo, y Unigénito, Dios, la Palabra, el Señor Jesucristo. El Credo De Calcedonia
Las Sagradas Escrituras, nuestra regla suprema de fe y obediencia, no enseñan que el Verbo simplemente se uniera externamente a un hombre ya existente, como si hubiese dos sujetos independientes. Por el contrario:
«Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros» (Juan 1:14).
El Verbo se hizo carne. No dejó de ser Dios ni se transformó en hombre dejando de ser Dios; asumió verdaderamente una naturaleza humana.
Pablo declara que Cristo, «siendo en forma de Dios», tomó «forma de siervo» y fue hecho «semejante a los hombres» (Filipenses 2:6–8). Y el autor de Hebreos afirma que Cristo «debía ser en todo semejante a sus hermanos» (Hebreos 2:17). Por tanto, Jesucristo posee verdadera divinidad y verdadera humanidad.
Desde Génesis 3:15 se profetizo la venida del Cristo Dios Hombre en la tierra por medio de la Virgen María (La Theotokos significa Madre de Dios), y se cumplió el tiempo señalado la venida de Mesias por medio de la mujer como lo señala el Apóstol Pablo en la Carta del Gálatas:
Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; esta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar. (Génesis 3:15)
Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley, para que redimiese a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos. (Gálatas 4:4-5)
Aquí debemos evitar dos errores opuestos.
Primero, el nestorianismo: separar de tal manera la divinidad y la humanidad de Cristo que terminemos hablando de dos sujetos o dos personas: por un lado, el Hijo eterno de Dios y, por otro, un hombre llamado Jesús. Pero el Nuevo Testamento no presenta dos Cristos. Hay un solo Señor Jesucristo, una sola persona, el eterno Hijo de Dios encarnado.
Segundo, el monofisismo o, más precisamente en su forma eclesiásticamente condenada, la posición eutiquiana: confundir o absorber de tal manera la humanidad en la divinidad que ya no podamos afirmar que Cristo posee una naturaleza divina completa y una naturaleza humana completa. La humanidad de Cristo no se convierte en divinidad, ni su divinidad se transforma en humanidad.
Por eso, el Concilio de Calcedonia (451) confesó magistralmente que el único Cristo es reconocido «en dos naturalezas», sin confusión, sin cambio, sin división y sin separación. Las dos naturalezas permanecen verdaderas y completas, pero pertenecen al mismo y único sujeto personal: el Hijo eterno de Dios.
Así pues, la doctrina cristiana no consiste en escoger entre «Jesús hombre» y «el Verbo divino». Jesús es el Verbo divino hecho verdaderamente hombre. El que nació de María según la carne es la misma persona eterna del Hijo de Dios.
Por eso podemos confesar con la Iglesia antigua:
María es Theotokos, no porque haya dado origen a la divinidad, sino porque el Hijo que recibió de ella una verdadera naturaleza humana es verdaderamente Dios.
Y, al mismo tiempo, debemos rechazar cualquier conclusión que convierta a María en una diosa, en fuente de la divinidad de Cristo o en objeto de adoración. Theotokos es una afirmación acerca de Cristo antes que una afirmación acerca de María.
El centro de nuestra fe no es María, sino Jesucristo: una persona, dos naturalezas; verdadero Dios y verdadero hombre, sin confusión y sin división.
Soli Deo Gloria.



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